Si alguien me hubiera dicho hace tiempo que mi mejor amigo se convertiría en el amor de mi vida, probablemente me habría reído. Pero aquí estamos, tú y yo, demostrándome cada día que algunas historias más lindas empiezan en lo inesperado, en lo que parecía solo amistad y terminó siendo mucho más. Me enamoré de ti sin darme cuenta, entre risas, bromas internas y esas conversaciones que podían durar horas sin aburrirme. Me enamoré en los detalles: en la forma en que siempre recuerdas las cosas que me gustan, en cómo te has aprendido más de una canción de Taylor Swift y One Direction solo porque sabes cuánto significan para mí. Me enamoré en la manera en que, en vez de burlarte de mi obsesión, la haces tuya también, como si cada cosa que me apasiona fuera un pedacito más de lo que te hace quererme. Siempre has sido detallista conmigo, pero no solo con gestos materiales, sino con lo que realmente importa. Con la forma en que me escuchas, con cómo notas hasta los cambios más pequeños en mi estado de ánimo, con cómo sabes exactamente qué decir para hacerme sonreír cuando más lo necesito. Me enamoré de la seguridad que me das, de cómo logras que incluso en la distancia me sienta acompañada, como si no hubiera kilómetros entre nosotros. Y sé que no fue de un día para otro. Fue un amor que creció en cada mensaje, en cada "buenos días" y "descansa" que nos mandábamos sin falta. Fue un amor que nació de nuestra amistad, de la confianza que construimos, de saber que en ti siempre encuentro un refugio. Si nuestra historia fuera una canción, sería mi favorita de todos los tiempos, esa que nunca me canso de escuchar porque cada palabra me recuerda por qué me enamoré de ti. Porque contigo, cada día se siente como un nuevo verso, una melodía que no deja de sorprenderme. Y aunque no sé qué nos depara el futuro, hay algo que sí sé con certeza: si esto fuera un libro, no querría saltarme ni una sola página. Porque contigo, cada capítulo vale la pena.